¿Buscar la causa o actuar?

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Hacernos esta pregunta es útil y frecuente ante cualquier circunstancia, problema o dificultad. Es algo que sucede muy habitualmente en muchas facetas de nuestra vida.

 

Pongamos, por ejemplo, el caso de una pareja que discute sobre algo, es fácil que se enreden en diatribas del tipo: quién empezó, quién hizo o dijo qué, etc. Normalmente este tipo de cuestiones no llevan a ningún sitio, más que a aumentar el malestar y la distancia entre ambos, ya que no es una actitud proactiva orientada a la resolución del conflicto que tienen entre manos. Es un modelo competitivo en el que uno tiene que estar equivocado y otro en lo correcto, porque no hay más culpable que quién empezó la discusión.

 

Algo parecido sucede en el ámbito de la drogodependencia. En drogas ¿qué es más importante ahondar y llegar a conocer las causas por las que una persona consume o actuar e intervenir allí donde hace falta?

¿BUSCAR LA CAUSA O ACTUAR?

Ante este interrogante cabe reflexionar. El enfoque sistémico, concretamente Minuchin, una de sus más relevantes figuras, plantea centrarnos en el “aquí y el ahora”, porque nuestra historia pasada está ahí, es real, no podemos cambiarla. Aunque está claro que determina nuestra conducta, lo cierto es que lo que nos produce malestar es algo actual y es donde podemos hacer modificaciones.

 

Los programas de reducción de daños y riesgos se colocan en esta perspectiva, la de actuar sobre el presente y la situación presente de la persona drogodependiente. Aun más, se parte de la premisa de que muchos de los daños relacionados con el consumo de drogas pueden ser atenuados sin reducir, necesariamente, el consumo.

 

Son programas destinados especialmente a personas drogodependientes con largo historial de consumo, que han fracasado en otros programas y no se plantean la abstinencia, afectadas por enfermedades transmisibles, que sufren gran deterioro y desarraigo y/o que se encuentran en situación o riesgo grave de exclusión social.

 

Empezamos a intervenir donde está la demanda actual, ya “ampliaremos el relato” más adelante, cuando el control sobre la propia realidad sea más sólido. Desde una óptica de reducción de daños esto se consigue adaptando el programa a las necesidades de la persona consumidora, en lugar de pretender que ésta se adapte a la oferta asistencial, y aplicando modelos de búsqueda y acercamiento, sin esperar pasivamente que surja esta demanda. Todo ello sin pretender la abstinencia como única opción y promocionando la responsabilización y participación de la persona afectada como ciudadana, y no como paciente pasivo receptor de la intervención.

 

Enredarnos en la búsqueda de las causas, el origen o el principio de la drogodependencia, buscar a los/as culpables de esa situación, no hace más que aumentar la fragilidad de la persona y de su entorno más cercano.

 

Lo primero es dar cobertura a las necesidades más básicas y vitales (comida, vivienda o higiene), fomentar el consumo seguro, así como actuar sobre las enfermedades relacionadas (VIH, hepatitis, tuberculosis, infecciones de transmisión sexual, etc.) e intervenir en situaciones de crisis (sobredosis, crisis convulsivas, etc.). Asimismo se orientan a reducir la delincuencia o la prostitución vinculada al consumo, disminuir los problemas de salud mental y la conflictividad legal y comunitaria, entre otras cuestiones.

 

Esto no significa que, a la hora de intervenir, obviemos o no nos interese conocer la historia previa de la persona drogodependiente, sus vínculos más significativos o el contexto relacional de su familia de origen. Es útil y necesario para la terapia psicológica, pero no en primera instancia, y siempre que ya estén cubiertas otras necesidades y demandas más perentorias y básicas; porque el presente no es el pasado, aunque forme parte de la persona drogodependiente y de su identidad.

 

La situación actual es la que podemos cambiar, porque el pasado ya es inamovible.

 

Escrito por Eva Gutiérrez Hernanz

 

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